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Terra
La Coctelera

Tú, mi noche de desvelo.

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Siento que sueño y sueño que siento que eres tú y no otro. Siento que sueño con despertar a tu lado y llenarte la boca de besos que sólo arrancan y nunca terminan. Sueño que tu nombre descansa sagrado en alguna mezquita, sueño con sentir la llama de dos cuerpos que desean prenderse durante toda una vida. En mi sentir los sueños se vuelcan a tus pies y te provocan hormigueo. En mis sueños siento que eres alivio en la pena, locura y raciocinio, vergüenza y ternura, dicha y consuelo.

Y es que olvidarte no me preocupa si te encuentro en mis sueños, despierta o dormida. En ellos adoptas la forma que quiero y mi alma necesita.

Eres cielo y mar fundiéndose en la noche, allí donde la belleza habita escondida esperando a que unos ojos la embelesen. Eres deseo prohibido que nadie conoce, verdad latente en mi pecho que se acelera enloquecido si pienso que tus dedos me tocan. Eres melodía acompasada por el viento en primavera, compuesta de notas fugaces como estrellas que abandonan la tierra. Huracán que me coge desprevenida, causa y efecto de mi eterna quimera.

Si apago la luz te descubres resurgiendo de entre las sombras y como obra de arte tu cuerpo se esculpe en mi cama, usurpando el rincón que ocupaba la soledad más lúgubre y despiadada. Ahora no tengo miedo, ahora no siento nada. Sólo calma en lugar de miseria, sólo sábanas en lugar de escondite, sólo latidos que ya nunca en mi pecho se agolpaban.

Qué decirte cuando sobran las palabras. Si mis razones escapan al control de lo que dictan las normas, si ya no distingo el límite de la realidad y esa fina línea se me antoja un horizonte a lo lejos. Si sólo quiero abrazar tu cuerpo y olvidar qué es o qué no es lo correcto. Para qué tanto pensar si al tenerte cerca simplemente dejo de hacerlo. Para qué tanto esperar si el tiempo se marchita.

Sólo necesito una luna de testigo y una madrugada que se antoje eterna. Lo demás, puede o no, ser mentira.

Sueño que siento que tus brazos me arropan, en un sueño sin sentido. Pero me parece tan real que despierto y sigo sintiendo en mi piel aquel escalofrío. Sueño que te arrebato del aire y siento que así respiro. Sueño que siento y siento que sueño que eres tú mi sueño cumplido.

Renacer porque sí.

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Hoy me aventuro a caminar, desafiando al viento que rompe el equilibrio de mi melena, deslizándome sin miedo a caer. Libre de ataduras, avanzo porque el suelo no me quema los pies. Ni siquiera un rasguño que me invite a dudar y a retroceder. Cansada de lágrimas que saben amargas sin la salitre del mar, aburrida del sopor de las horas de espera, abrumada por ese estado febril que me ardía las entrañas. Locura pasajera, que malintencionada te vuelves cuando te alimentas de miedo.

Mi delirio ahora es más elástico, se vuelve reversible y capaz de ahondar en las lagunas de mi memoria, donde el fango me sumerge hasta que no toco pie. Allí donde los recuerdos se esconden agazapados para que el corazón no tontee con la idea de un suicidio por vacío. Allá donde la puerta semi-abierta sólo deja entrever los esqueletos anclados del pasado, sedientos de venganza y condenados al olvido. A veces hay que hurgar, recordar, aprender. Transformar.

A pesar que ayer era en apariencia igual a hoy, nada tiene el mismo sentido. Porque la vida se refleja en las ganas por el día a día, en la fuerza que nadie ve pero sólo tú adviertes, en la sangre que te sacude el cuerpo para que no dejes de correr y beberte el cielo a bocanadas, en cada momento, cómo si jamás lo hubieras hecho antes.

Hoy mi nube se condensa y se retuerce de placer, se desliza en la noche donde la oscuridad dejó de ser negra. Mis sentidos despiertan a la vez, puedo oler las caricias, puedo saborear el sonido de las ramas de los árboles, puedo tantear la forma de un sol de enero.

No queda nada más de mí que todo lo que empieza. Me gusta pensar que domino a mis fantasmas y los derroto, al dejar de combatir contra ellos.

Empezar de cero no es fácil, es maravilloso.

Quiero y puedo.

Perder

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Puede que no sirva de nada mantenerme aquí en pie, con la frente firme y los dientes apretados, esperando una señal. Intento aguantar los sueños con pinzas de tender la ropa, arrojados desde la ventana de mi cuarto, mojando la acera. El reloj desbocado ya perdió la cuenta de las horas que desperdicio sufriendo y amando, bailando, llorando.

Se desvanece mi sonrisa ante un espejo que me vió crecer demasiado rápido, compitiendo con el tiempo en una carrera donde alcanzar la meta es utopía. Ese espejo que observó mañana tras mañana como mi estado anímico fluctuaba con la luna y oscilaba con las mareas, como se descontrolaban mis emociones y actuaba sin máscara buscando hallar mi papel en la función, siempre detrás del telón.

Pienso en muchas palabras, escogiendo cuidadosamente las que me llenan o me pueden aportar algo en estos momentos, ya casi familiares, que llamo de “standby”. Mi mente se llena de palabras como si hubiera un tablón de scrabble y tuviera que encontrar la adecuada, como si tuviera que combinar letras e ideas en un montón de espacios vacios.

No hay nada peor que la incapacidad de continuar adelante teniendo todas las facilidades a tu alcance, la impotencia de observar desde un rincón agazapada como llega la primavera a las calles y tus pies no te permiten cruzar la puerta.

He perdido el miedo a la soledad pero no he conseguido vencer el temor a perder lo que más quiero.

Si pudiera pedir un deseo quisiera soltar los pies del suelo y volar, donde el sol no quema, donde las piernas no pesan.

Si pudiera.

“No me puedo apretar más el cinturón, las llagas afloran en mi piel y las lágrimas al caer me escuecen. Necesito llenarme los pulmones de tus besos, de aire limpio de las montañas. Quería contemplar más de un amanecer descalza, sin prisa ni obligación. Quería escupir al viento mis secretos, mi desidia, mi fortuna y mi desdicha. Sólo quería bailar esa canción.

Quería dejar de ser princesa para no morir de tristeza.”

Feliz Navidad!!

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Con motivo de estas fechas tan señaladas os quiero desear una feliz navidad y, ya sea de paso, un próspero año nuevo :).
Ultimamente ando bastante liada y apenas saco tiempo para meterme por aquí, así que hoy que he sacado un hueco quería aprovechar para desearos unas felices fiestas a todos los cocteleros, en especial a mis incondicionales: Fernando, Alicia18, Nadie y Azul perfecto (lo siento aún estoy verde en esto de poner links jeje).
Que todos vuestros sueños se cumplan, que abunde el amor en vuestras vidas y halleis la fuerza necesaria para vencer los obstáculos del día a día.
Ya se que para algunos estas fechas son tristes, o indiferentes, pero desde aquí espero que, sea como sea, disfruteis de aquellos que están cerca y amais.
Y que os toque aunque sea un cachito del Gordo... jeje.
Bueno ya para finalizar os dejo un video que encontré en youtube y me pareció interesante compartir con vosotros a modo de felicitación.
Un abrazo muy fuerte!!!!

Su despertar.

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No conseguía ver más que el reflejo de su rostro sumergido en una enorme bufanda beige apretando su nariz. Sólo un cuerpo de mujer a medio hacer, enfundado en un abrigo dos tallas más grande, que le caía hasta las rodillas. Los ojos, demasiado saltones, se posaban ausentes en dos chiquillos que jugaban en la plaza contigua a donde permanecía ella muy quieta, bajo la parada de un autobús que no terminaba de llegar. La rodeaba un barullo de gente ajeno a su expresión gélida de porcelana, pálida como la cera, casi fantasmagórica. Apretaba las manos en los bolsillos de su enorme abrigo, posiblemente desafiando al viento y luchando por mantener el equilibrio. En cualquier momento empezaría a nevar.

Era presa fácil de una noche de diciembre como aquella. Los escaparates se inundaban de luces y juguetes que atraían la mirada de decenas de niños que transitaban sin cesar por la Gran Vía, provocando la impaciencia y el enfado de más de un padre apresurado. Ruido de bocinas, olor a comida rápida friéndose en aceite, voces multiplicándose y elevándose sobre el tráfico, gente agarrando bolsas y cruzando entre los coches, creando un espectáculo caótico de luces y movimiento.

Y ahí entre la multitud estaba ella, como caída del cielo, impasible y serena. El cabello rizado le golpeaba delicadamente sus mejillas, donde bien podría secarse una lágrima o ser víctima de un beso fugaz. Apenas parpadeaba, embelesada por la imagen que le ofrecían aquellos muchachos que saltaban encima de los bancos y simulaban andar sobre una cuerda floja, con las manos estiradas cual pájaros sobrevolando el océano. Las risas se colaban por los ojos verdes de aquella muchacha y el viento hacía que las lágrimas llegaran hasta sus párpados como finas gotas de escarcha. Una parte de ella quería marchar con ellos, saltar sobre ese banco y no dejar de reír, muy fuerte, hasta que le dolieran los oídos.

Anochecía en la ciudad. La inmensa mayoría tienen dónde ir, qué pensar, o al menos alguien por quien soñar. Yo me encontraba desde mi nube, sentada en la mesita que da a mi ventana, contemplando a esa criatura de belleza sublime cómo ensimismada se bebía el mundo desde sus ojos cristalinos. Atrapada por una infancia probablemente ausente, se enamoraba de una imagen invisible para el resto de los mortales que por allí cruzaban sus pasos. Y aunque inmóvil, tanto que parecía estar enraizada al suelo, noté que sus pies se elevaban ligeros como plumas hacía otro lugar.

Pronto los niños dejaron de jugar, sorprendidos por dos mujeres de mediana edad que los asieron de sus abrigos obligándoles a separarse. Debían ser sus madres que sorprendidas por el temporal que acechaba decidían poner fin a las trastadas de sus hijos y emprender la vuelta a casa.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Justo en el momento en que llegaba el autobús impuntual de las nueve y la gente se arremolinaba ante la puerta luchando por ocupar un primer puesto, aquella muchacha de ojos verdes se giró y emprendió la marcha hacia la plaza que los niños abandonaban resignados entre sollozos. Sin volver la vista atrás dejó escapar el autobús que le devolvía a su realidad de cada noche, seguramente a la soledad de un cuarto hermético y sin ventanas donde contemplar un amanecer.

Sólo se detuvo frente al banco unos segundos antes de continuar su marcha hacia la ciudad, esa completa extraña para tantos de los que duermen bajo su techo. Allí fue donde dejó escapar sus lágrimas, posiblemente las últimas de su vida hasta el momento presente, pero las primeras de una nueva, que mejor o peor, estaba escrita en las estrellas. Y nadie podía cambiar esto.

Observé cómo se alejaba con paso firme y decidido, mientras el autobús retomaba el viaje de regreso a casa sin su presencia. La ciudad la engullía hambrienta.

Hoy mi nube desprende un calor agradable que proviene de la lumbre. Imagino que esto no fuera suficiente, que la temperatura media dejara de existir para mí y sólo fuera capaz de sentir extremos de calor y frío. Que el termómetro fuera incapaz de ofrecerme estabilidad térmica o mi cuerpo incapaz de auto-regularse. Imagino mirarme en los espejos, en los ojos de un familiar, y descubrir a una extraña. Imagino a una sirena secuestrada en un estanco donde sólo cantan las ranas.

No he vuelto a verla jamás, pero sí a los chiquillos jugando en el parque. Aquellos que enjuagaron su mirada y que, sin saberlo, recompusieron las piezas que faltaban por encajar en su alma. Como un suspiro salpicando el aire de ternura se echó a volar dejando una tierra podrida de sueños, que sólo la lastimaba.

Capricho incierto.

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No he vuelto a ser capaz de decirte nada. Hubiera estado bien un simple: “hola”, tal vez un típico: “¿qué tal?” o al menos haberte dedicado una amplia sonrisa, que pareciera espontánea, o un cortés apretón de manos para desviar los nervios a un lugar menos incómodo.

Mariposas en el estómago, ando días pensando en esto. Es un pensamiento que, curiosamente, se cuela por mi cabeza en momentos concretos, como al doblar la esquina del recorrido de siempre, cuando me quito los zapatos al llegar a casa, o al desenvolver la almohada del edredón para acostarme. Me sobreviene y siento la necesidad de parar unos minutos, es algo breve, de desconectar un fragmento de tiempo y disfrutar de esa sensación imprevisible de cosquillas en la tripa.

Me limito a observarte de lejos, cuando la ocasión me lo permite, sin esperar nada en el momento y, sin embargo, buscando hallar sensaciones que después me sirvan para llenar papeles en blanco si la madrugada es insulsa, o alborotar mi imaginación en momentos vacíos y carentes de emoción.

Eres el príncipe de mis días perdidos, de mis días de calles muertas y escaparates cerrados. Días de somnolencia y huelga de relojes, de letargo empalagoso y telarañas escalando mi ventana, a modo de enredadera.

Me pregunto qué clase de mecanismo interno subyace a este tipo de atracción, a esta química unidireccional y absurda. Es sabido que algún día dejaremos de cruzar mucho más que la mirada, tal vez nuestros pasos se bifurquen en algún punto del camino y jamás se vuelvan a encontrar. Pensándolo bien, puede que ni siquiera recuerdes aquella conversación trivial que me premió la casualidad.

Llegado ese momento de ausencia consentida, lo asumiré sin más dilaciones y en lugar de ser mi capricho pasajero, serás olvido en algún cajón de mi mesilla donde colecciono recuerdos con forma de enredo e ilusiones desteñidas.

Pero hoy te rescato en un intento de sobrellevar las horas sin amancillarlas de polvo, te elijo como comodín ante una soledad cómoda donde la imagen de tu cuerpo es bienvenida y la elegancia de tus gestos un entretenimiento mental placentero. Es la hora de un encuentro fugaz y repentino, intenso, que desata mis anhelos y los convierte en materia.

Me imagino cómo te gusta pasar las tardes de domingo, que lado de la cama prefieres, cómo te gustan los besos o a qué lugar del planeta irías a parar. Voy hilando tu historia a mi antojo, convirtiéndote en el perfecto compañero de sueños en tardes de vigilia. Mi nube se vuelve de algodón modelándose bajo tu cuerpo, echado de lado, tus ojos negros un precipicio donde caer una y mil veces, sin más vértigo que el que provoca tu silueta.

Seguramente de ser de otra manera, de conocernos, todo acabaría perdiéndose para siempre, o nos quedaría una sensación difusa y perecedera.

De esta forma permaneces en mi mente días como éste, días como mañana, cuando todo es nada y de pronto se anuncia un eclipse lunar.

Y es que no he vuelto a ser capaz, ni quiero, de romper un silencio que te separe de mi vida, un silencio eterno donde tú eres espejismo y yo protagonista. Ése que me despega los pies del suelo y no me impide dejar de volar.

Dulce estación

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Desde aquí me llega el olor a café tostado, a mandarinas, a bizcocho recién horneado. A mi mente regresan en ráfagas imágenes que, aunque a hurtadillas, todavía se asoman de vez en cuando a mi memoria, cada vez menos selectiva.

Tu cama deshecha desentonando con tu habitación en perfecto estado, tus escritos en cuadernos donde nunca seguías el orden de las páginas, tu cajita de “desperdicios” con valor sentimental.

Se reproduce ante mis ojos, a modo de fotograma, nuestros rituales de tardes veraniegas con la bicicleta surcando esos descampados que hoy rebosan de ladrillos. Qué fácil era subirse a un tejado y observar la luna, improvisando un debate o unas cosquillas. Antes costaba menos respirar, nos bebiamos el aire en bocanadas sin temor a perder, ni tan siquiera el tiempo. La ingenuidad de pensar que nada se transforma si uno no quiere, de conseguir lo que se desea apretando los ojos cerrados y pidiéndolo con toda la fuerza.

Todavía pienso en esas noches que subíamos cogidos de la mano el camino viejo que conduce al cementerio del pueblo, donde el silencio solo se interrumpe por el crujir de la hierba a nuestros pies y el sonido de los grillos. Allí donde la luz que intentan arrojar las farolas del paseo es tan débil que pareciera que la noche nos quisiera amenizar el ambiente de la velada con el toque de unas velas. Yo me cansaba enseguida del trecho pero tú me agarrabas fuerte para tirar de mis ganas, a pesar de que el motivo de llegar hasta allí me perteneciera sólo a mi. Tú sabías que ese era mi refugio, entendías que necesitaba desconectar del mundo en aquel lugar, que incluso elegí por azar, y allá que marchábamos cuando todo se ponía de vuelta.

Al final del sendero había una casa en ruinas, su aspecto era tan tétrico que hoy dudaría en poner un pie allí. Alrededor de ella había unos bancos de piedra y en ese lugar era donde me empeñaba en descansar de las preocupaciones o desavenencias semanales, a veces diarias, donde hallaba tu mano y tu frente arrugada mientras me escuchabas atento.

Sé que me amabas. Hoy lo sé, con la sabiduría que te da los desengaños y el tiempo.

Si despertaba de pronto y te encontraba apoyado en la cama observándome te hacías el despistado y yo me enfadaba. Cada vez que discutiamos se desmoronaba nuestro corazón y temblaba de pena, hasta que nos mirabamos fijamente y se nos escapaba la risa. Es como si el tiempo se midiera con otra clase de reloj, puede que de arena, donde las tardes de siesta se nos hacían eternas y los ratitos de la noche un chasquido de dedos.

Seguro que lo piensas, sabes y recuerdas que te amé, pero me gustaría decirte todo aquello que siempre hacía, para corroborar que con el paso de los años sigue siendo cierto. Te amé como mujer en el cuerpo de una niña.

Hoy casi no te reconozco de lejos pero sé que si te tuviera delante sobraría con atravesar tus ojos azul cielo, cogerte de la mano y tatarear bajito esa canción que bailabamos pegados hasta el amanecer.

Revolver el pasado es algo más que absurdo para dos locos que se amaron sólo bajo la piel, es revolver la magia de la inocencia que la realidad se empeñó en deshacer.

Retazos de pasión

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Llevo tiempo deambulando por aquí, relativamente más cerca que lejos y aún así con la suficiente distancia para parecer ausente a tus ojos, a los de todos. Ansiaba algo más que tiempo, eso que nadie puede darme y ni yo sabría definir como necesidad. Así es este corazón que cobijo, ya sea bajo montones de trapos o en carne viva, impredecible.

Estoy tratando de prevalecer en este invierno sin más defensa que estas brasas que anoche olvidaste avivar y parecen compadecerse de mi tembleque, manteniéndose perennes en mi chimenea. Intento subsitir con el contacto de mi amante soledad, que juguetea con mi pelo y va dibujando surcos en esta piel agrietada, sustituyendo tus caricias de terciopelo y raso. Trato de recordar pegándome al cristal de mi ventana aquellos, aún vívidos, susurros que me brindabas anoche cuando no eras más que el deseo de tenerme, y que ahora son gemidos del viento, eterno, quebrado.

Si pudiera dibujarte mezclaría en mi paleta el rojo pasíon del carmesí de mis labios y el negro más intenso que adoraba en tus pupilas. Intentaría que el pincel se deslizara tímidamente en busca de la mezcla perfecta, como lo hacían tus manos temblorosas en mi nuca. La paleta sería nuestra historia, puesta de frente, abierta a un destino azaroso que pudieramos inventar a nuestro antojo. Una vez dispuesta a lanzarme, sin más reparo que el de salpicarnos en un descuido, me atrevería a esbozarte de todas las formas posibles, combinando tu esplendor con mi lujuria, tus formas con mi capricho. Me detendría en cada recoveco de tu perfil,intesificando tu sonrisa para que fuera tan profunda que pudiera sumergirme en mis días grises. Explayaría en trazos tus curvas y rectas, para desatar la belleza y expandirla por todos los rincones de mi refugio. Así la noche sería más clara y el alba se teñiría de nostalgia placentera de atardecer de agosto. Culminaría con mi ser abstracto superponiéndose al tuyo, fusionándose en una explosión de colores vertidos desde la profundidad de mi deseo.

Ahora que se enfrían mis pies y mi nariz, que la televisión apagada me exige una tregua, que en la radio se repite incesantemente la misma canción. Busco en mi interior razones para sobresalir de esta pesadumbre, empeñar mi suerte a quien no me quiera retener, alzarme en un vuelo seguro y descender en algún lugar donde huela a tierra mojada y azahar.

El teléfono descolgado ya dejó de emitir su monótono zumbido, el contestador espera tu voz. No molestar, reza el cartel invisible.

La noche se deshace en mi paladar mitad dulce y amarga, es el sabor de la espera. Me adentro bajo las sábanas y parece que te apretaras sobre mi. Nadie entenderá mi razón de amarte pero sí comprenderán las razones para olvidarte, todos nos espían como luciérnagas en la noche.

Esperaré como siempre esa transición del tiempo que anuncia el reloj de mi pared, para perderme en tus brazos desplegados desde el umbral. Ya casi te siento, casi te tengo aquí. A dos pasos de tu vida, solo a dos centrimetros de tu piel y a dos minutos de escapar de la cordura. Ya adivino tu resistencia a propósito, tu sonrisa dispuesta a arrebatarme algún que otro suspiro.

No me obligues a parar el mundo, ajeno a la pasión que retumba en este ínfimo rincón del planeta, donde el amor se torna infinito.