Por momentos.
Se me da bien esto de esconderme bajo mi disfraz de metal, de puro acero inoxidable. Así no parezco tanto yo. Más de mi y menos de lo que fui.
Tengo varios disfraces en el armario. Normalmente intento no recurrir a ninguno, por eso de simpatizar con mi propia piel y lanzarme contra la realidad tal y como vine al mundo, en cueros, desprovista de protección alguna. Así es como se aprende, dicen.
Convivir con mi realidad, esa fina línea imaginaria de material frágil, tal vez de vidrio. Sé que ese es mi deber, mi papel en aquella función, mi rol en este juego. Hacerlo no es tarea fácil, pero no hay otra… es la obligación.
Desde pequeña he sido muy obediente hasta que me han impuesto órdenes que subestiman mi razonamiento moral y ético, sobrepasando mis principios. En esos momentos me rebelo y mi parte dócil y apacible se esfuma, como un chasquido en el aire.
En momentos de oposición contra lo que, creo, es una injusticia actúo. Pero a veces no es suficiente. A veces no hay fuerzas, no hay medios, a veces el control no depende de uno mismo.
Para eso tengo mi armario repleto de disfraces de todo tipo, desde los más sofisticados hasta los más variopintos.
Éste es el que mejor me entra en estos casos, mi disfraz de metal, el más duro e impenetrable.
Me suelto el pelo, me ajusto bien las botas y salgo al mundo.
Parezco un artista en su escenario, dejando atrás su persona y sintiendo que nada como pez en el agua tras su ansiada transformación. En esos momentos uno puede ser lo que quiera, héroe, malabarista, soñador y hasta un completo idiota.
Arranco el coche y me adentro en las carreteras de la ciudad que no duerme ni de noche. Agarro más que un volante, siento que tomo las riendas de mi vida. Me sumerjo en un paisaje de luces de farolas y asfalto cimbreante bajo las ruedas. Jóvenes y ancianos, escaparates que dormitan, parques hambrientos de amor.
No sé hacia donde voy, pronto lo sabré. Es algo que me gusta de este disfraz, no hay que planear nada, no hay que pensar demasiado. Te lleva y ya está, solo hay que esperar cómodamente a que llegue el momento.
Porque sabes que nada malo puede pasar.
No tiene efectos secundarios, no lastima el cuerpo. Es elegante como un traje de etiqueta y cómodo como un chándal. Te ofrece una sensación de poder indescriptible, momentos intensos, aunque breves a mi pesar.
Es algo así como la ansiada y dudosa felicidad.
Hay veces que lo pierdo y no sé donde está. Creo que lo hace a caso hecho o que a veces no doy la talla. Pero hoy me enfundo en este disfraz, de apariencia de cuero, que tan bien me sienta.
Hoy que puedo.
Y es que para penas y lamentos, mañana ya habrá tiempo.



Fernando dijo
Precioso post.
Buena tarde
28 Octubre 2007 | 07:00 PM