Dulce estación
Desde aquí me llega el olor a café tostado, a mandarinas, a bizcocho recién horneado. A mi mente regresan en ráfagas imágenes que, aunque a hurtadillas, todavía se asoman de vez en cuando a mi memoria, cada vez menos selectiva.
Tu cama deshecha desentonando con tu habitación en perfecto estado, tus escritos en cuadernos donde nunca seguías el orden de las páginas, tu cajita de “desperdicios” con valor sentimental.
Se reproduce ante mis ojos, a modo de fotograma, nuestros rituales de tardes veraniegas con la bicicleta surcando esos descampados que hoy rebosan de ladrillos. Qué fácil era subirse a un tejado y observar la luna, improvisando un debate o unas cosquillas. Antes costaba menos respirar, nos bebiamos el aire en bocanadas sin temor a perder, ni tan siquiera el tiempo. La ingenuidad de pensar que nada se transforma si uno no quiere, de conseguir lo que se desea apretando los ojos cerrados y pidiéndolo con toda la fuerza.
Todavía pienso en esas noches que subíamos cogidos de la mano el camino viejo que conduce al cementerio del pueblo, donde el silencio solo se interrumpe por el crujir de la hierba a nuestros pies y el sonido de los grillos. Allí donde la luz que intentan arrojar las farolas del paseo es tan débil que pareciera que la noche nos quisiera amenizar el ambiente de la velada con el toque de unas velas. Yo me cansaba enseguida del trecho pero tú me agarrabas fuerte para tirar de mis ganas, a pesar de que el motivo de llegar hasta allí me perteneciera sólo a mi. Tú sabías que ese era mi refugio, entendías que necesitaba desconectar del mundo en aquel lugar, que incluso elegí por azar, y allá que marchábamos cuando todo se ponía de vuelta.
Al final del sendero había una casa en ruinas, su aspecto era tan tétrico que hoy dudaría en poner un pie allí. Alrededor de ella había unos bancos de piedra y en ese lugar era donde me empeñaba en descansar de las preocupaciones o desavenencias semanales, a veces diarias, donde hallaba tu mano y tu frente arrugada mientras me escuchabas atento.
Sé que me amabas. Hoy lo sé, con la sabiduría que te da los desengaños y el tiempo.
Si despertaba de pronto y te encontraba apoyado en la cama observándome te hacías el despistado y yo me enfadaba. Cada vez que discutiamos se desmoronaba nuestro corazón y temblaba de pena, hasta que nos mirabamos fijamente y se nos escapaba la risa. Es como si el tiempo se midiera con otra clase de reloj, puede que de arena, donde las tardes de siesta se nos hacían eternas y los ratitos de la noche un chasquido de dedos.
Seguro que lo piensas, sabes y recuerdas que te amé, pero me gustaría decirte todo aquello que siempre hacía, para corroborar que con el paso de los años sigue siendo cierto. Te amé como mujer en el cuerpo de una niña.
Hoy casi no te reconozco de lejos pero sé que si te tuviera delante sobraría con atravesar tus ojos azul cielo, cogerte de la mano y tatarear bajito esa canción que bailabamos pegados hasta el amanecer.
Revolver el pasado es algo más que absurdo para dos locos que se amaron sólo bajo la piel, es revolver la magia de la inocencia que la realidad se empeñó en deshacer.



Fernando dijo
Bonito escrito
Ten muy buena noche¡
21 Noviembre 2007 | 10:55 PM