Capricho incierto.
No he vuelto a ser capaz de decirte nada. Hubiera estado bien un simple: “hola”, tal vez un típico: “¿qué tal?” o al menos haberte dedicado una amplia sonrisa, que pareciera espontánea, o un cortés apretón de manos para desviar los nervios a un lugar menos incómodo.
Mariposas en el estómago, ando días pensando en esto. Es un pensamiento que, curiosamente, se cuela por mi cabeza en momentos concretos, como al doblar la esquina del recorrido de siempre, cuando me quito los zapatos al llegar a casa, o al desenvolver la almohada del edredón para acostarme. Me sobreviene y siento la necesidad de parar unos minutos, es algo breve, de desconectar un fragmento de tiempo y disfrutar de esa sensación imprevisible de cosquillas en la tripa.
Me limito a observarte de lejos, cuando la ocasión me lo permite, sin esperar nada en el momento y, sin embargo, buscando hallar sensaciones que después me sirvan para llenar papeles en blanco si la madrugada es insulsa, o alborotar mi imaginación en momentos vacíos y carentes de emoción.
Eres el príncipe de mis días perdidos, de mis días de calles muertas y escaparates cerrados. Días de somnolencia y huelga de relojes, de letargo empalagoso y telarañas escalando mi ventana, a modo de enredadera.
Me pregunto qué clase de mecanismo interno subyace a este tipo de atracción, a esta química unidireccional y absurda. Es sabido que algún día dejaremos de cruzar mucho más que la mirada, tal vez nuestros pasos se bifurquen en algún punto del camino y jamás se vuelvan a encontrar. Pensándolo bien, puede que ni siquiera recuerdes aquella conversación trivial que me premió la casualidad.
Llegado ese momento de ausencia consentida, lo asumiré sin más dilaciones y en lugar de ser mi capricho pasajero, serás olvido en algún cajón de mi mesilla donde colecciono recuerdos con forma de enredo e ilusiones desteñidas.
Pero hoy te rescato en un intento de sobrellevar las horas sin amancillarlas de polvo, te elijo como comodín ante una soledad cómoda donde la imagen de tu cuerpo es bienvenida y la elegancia de tus gestos un entretenimiento mental placentero. Es la hora de un encuentro fugaz y repentino, intenso, que desata mis anhelos y los convierte en materia.
Me imagino cómo te gusta pasar las tardes de domingo, que lado de la cama prefieres, cómo te gustan los besos o a qué lugar del planeta irías a parar. Voy hilando tu historia a mi antojo, convirtiéndote en el perfecto compañero de sueños en tardes de vigilia. Mi nube se vuelve de algodón modelándose bajo tu cuerpo, echado de lado, tus ojos negros un precipicio donde caer una y mil veces, sin más vértigo que el que provoca tu silueta.
Seguramente de ser de otra manera, de conocernos, todo acabaría perdiéndose para siempre, o nos quedaría una sensación difusa y perecedera.
De esta forma permaneces en mi mente días como éste, días como mañana, cuando todo es nada y de pronto se anuncia un eclipse lunar.
Y es que no he vuelto a ser capaz, ni quiero, de romper un silencio que te separe de mi vida, un silencio eterno donde tú eres espejismo y yo protagonista. Ése que me despega los pies del suelo y no me impide dejar de volar.



Fernando dijo
Muy bonito¡
Muy bueno
Ten muy buena noche
29 Noviembre 2007 | 11:24 PM