Publicidad:
La Coctelera

desdeminube

4 Diciembre 2007

Su despertar.

img356/9909/11592595hr7.jpg

No conseguía ver más que el reflejo de su rostro sumergido en una enorme bufanda beige apretando su nariz. Sólo un cuerpo de mujer a medio hacer, enfundado en un abrigo dos tallas más grande, que le caía hasta las rodillas. Los ojos, demasiado saltones, se posaban ausentes en dos chiquillos que jugaban en la plaza contigua a donde permanecía ella muy quieta, bajo la parada de un autobús que no terminaba de llegar. La rodeaba un barullo de gente ajeno a su expresión gélida de porcelana, pálida como la cera, casi fantasmagórica. Apretaba las manos en los bolsillos de su enorme abrigo, posiblemente desafiando al viento y luchando por mantener el equilibrio. En cualquier momento empezaría a nevar.

Era presa fácil de una noche de diciembre como aquella. Los escaparates se inundaban de luces y juguetes que atraían la mirada de decenas de niños que transitaban sin cesar por la Gran Vía, provocando la impaciencia y el enfado de más de un padre apresurado. Ruido de bocinas, olor a comida rápida friéndose en aceite, voces multiplicándose y elevándose sobre el tráfico, gente agarrando bolsas y cruzando entre los coches, creando un espectáculo caótico de luces y movimiento.

Y ahí entre la multitud estaba ella, como caída del cielo, impasible y serena. El cabello rizado le golpeaba delicadamente sus mejillas, donde bien podría secarse una lágrima o ser víctima de un beso fugaz. Apenas parpadeaba, embelesada por la imagen que le ofrecían aquellos muchachos que saltaban encima de los bancos y simulaban andar sobre una cuerda floja, con las manos estiradas cual pájaros sobrevolando el océano. Las risas se colaban por los ojos verdes de aquella muchacha y el viento hacía que las lágrimas llegaran hasta sus párpados como finas gotas de escarcha. Una parte de ella quería marchar con ellos, saltar sobre ese banco y no dejar de reír, muy fuerte, hasta que le dolieran los oídos.

Anochecía en la ciudad. La inmensa mayoría tienen dónde ir, qué pensar, o al menos alguien por quien soñar. Yo me encontraba desde mi nube, sentada en la mesita que da a mi ventana, contemplando a esa criatura de belleza sublime cómo ensimismada se bebía el mundo desde sus ojos cristalinos. Atrapada por una infancia probablemente ausente, se enamoraba de una imagen invisible para el resto de los mortales que por allí cruzaban sus pasos. Y aunque inmóvil, tanto que parecía estar enraizada al suelo, noté que sus pies se elevaban ligeros como plumas hacía otro lugar.

Pronto los niños dejaron de jugar, sorprendidos por dos mujeres de mediana edad que los asieron de sus abrigos obligándoles a separarse. Debían ser sus madres que sorprendidas por el temporal que acechaba decidían poner fin a las trastadas de sus hijos y emprender la vuelta a casa.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Justo en el momento en que llegaba el autobús impuntual de las nueve y la gente se arremolinaba ante la puerta luchando por ocupar un primer puesto, aquella muchacha de ojos verdes se giró y emprendió la marcha hacia la plaza que los niños abandonaban resignados entre sollozos. Sin volver la vista atrás dejó escapar el autobús que le devolvía a su realidad de cada noche, seguramente a la soledad de un cuarto hermético y sin ventanas donde contemplar un amanecer.

Sólo se detuvo frente al banco unos segundos antes de continuar su marcha hacia la ciudad, esa completa extraña para tantos de los que duermen bajo su techo. Allí fue donde dejó escapar sus lágrimas, posiblemente las últimas de su vida hasta el momento presente, pero las primeras de una nueva, que mejor o peor, estaba escrita en las estrellas. Y nadie podía cambiar esto.

Observé cómo se alejaba con paso firme y decidido, mientras el autobús retomaba el viaje de regreso a casa sin su presencia. La ciudad la engullía hambrienta.

Hoy mi nube desprende un calor agradable que proviene de la lumbre. Imagino que esto no fuera suficiente, que la temperatura media dejara de existir para mí y sólo fuera capaz de sentir extremos de calor y frío. Que el termómetro fuera incapaz de ofrecerme estabilidad térmica o mi cuerpo incapaz de auto-regularse. Imagino mirarme en los espejos, en los ojos de un familiar, y descubrir a una extraña. Imagino a una sirena secuestrada en un estanco donde sólo cantan las ranas.

No he vuelto a verla jamás, pero sí a los chiquillos jugando en el parque. Aquellos que enjuagaron su mirada y que, sin saberlo, recompusieron las piezas que faltaban por encajar en su alma. Como un suspiro salpicando el aire de ternura se echó a volar dejando una tierra podrida de sueños, que sólo la lastimaba.

servido por desdeminube 4 comentarios compártelo

4 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Fernando

Fernando dijo

Muy bonito
Ten buena tarde.

4 Diciembre 2007 | 07:05 PM

Fernando

Fernando dijo

Aqui dieron agua y hace un dia PRECIOSO.
ten muy buen dia

6 Diciembre 2007 | 01:42 PM

saraih

saraih dijo

que bonito.... la belleza que brota de tus palabras es enorme... buena continuacion ... :-) (K) un beso muy!!!!!!! fuerte ^^ pasate x mi blog ;-) y deja tu huella !! :D

12 Diciembre 2007 | 05:55 PM

Escribe tu comentario


Sobre mí

Prefiero soltar los pies desde el anonimato y emprender un viaje sin sentido, a cualquier rincón, donde hallar mi reflejo perdido.

Fotos

desdeminube todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera